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Una pronta salida matinal del sábado 25 de noviembre del año 2000, sobre las 11 de la mañana, fue el inicio de uno de los días de mi vida que posiblemente recuerde con mayor precisión. Ese día dejó tal huella en mí que marcó mis siguientes 13 años, hasta el preciso momento en el que escribo esta introducción. Cinco aventureros, entre los cuales me encuentro, nos dirigimos hacia Tavertet, un pueblo montañero, asentado junto a un gran precipicio con vistas al pantano de Sau, sin saber muy bien cómo llegar, para visitar, en su casa, al Profesor Raimon Panikkar.

En aquel entonces, no sé cómo me aventuré a escribirle una carta pidiéndole una entrevista, con la única excusa de que mi abuela materna le había conocido hacía unos 60 años en San Andréu de Llavaneras, un pueblo situado en el Maresme, próximo a Barcelona. Aquel impulso de escribirle –ahora lo sé- fue una llamada de mi Alma para llevarme hacia una experiencia que hoy veo como una iniciación, para emprender seriamente el camino de búsqueda de mí mismo.

La idea de irle a visitar me rondaba por la cabeza desde el momento en que supe, antes de Semana Santa de ese mismo año, que recibía a grupos de estudiantes en su casa. Me dije, “ah!, pues tal vez también pueda ir a verle, porque soy estudiante…”. Me costó lo mío encontrar otras personas que quisiesen ir a visitarle, teniendo en cuenta su prestigio, y también por la misma naturaleza de la propuesta. Finalmente, mi carta con la petición de entrevista se concretó en julio de ese mismo año. La escribí a mano, y la mandé directamente a su casa. Encontré su dirección casi… ¿por casualidad?, en aquel Internet incipiente del año 2000… A los que me habían confirmado su voluntad de acompañarme no los vi muy convencidos, así que me exponía a tener que aventurarme solo, pero el “riesgo” merecía la pena. Por aquella época todavía no conducía, así que, en cierta manera, dependía de otros. Como intuía, llegado el momento, no fui con ninguna de las personas con quienes había acordado ir en un inicio.

Aquel 25 de noviembre fue un día fresco, soleado y con un cielo azul que nos acompañó a lo largo de todo el viaje. Paramos en varios enclaves, entre ellos las montañas del Montseny, para ir saboreando el día y preparando nuestras mentes y corazones para el encuentro que tendría lugar a última hora de la tarde con uno de los sabios espirituales más importantes de nuestra época.

Raimon Panikkar (1918-2010), nacido en Barcelona, de padre indio y madre catalana, era considerado una autoridad internacional en espiritualidad, historia de las religiones y diálogo intercultural. Su obra, traducida a varios idiomas aparece en las bibliografías de las más importantes universidades del mundo. Autor de más de 40 libros en diversos idiomas y de unos mil artículos, que abarcan desde Filosofía de la Ciencia a Metafísica, Religiones Comparadas e Indología, y profesor invitado de más de 100 universidades en los cinco continentes.

Las casas de Tavertet eran pequeñas, con tejados inclinados, muy bajos y recubiertos de enredadera verde. Las calles del pueblo, estrechas y con suelos de piedra, hacían recordar las de la Edad Media. Un pueblo de ensueño. Can Felo, la casa de Raimundo (así llamado por sus amigos) era una de las últimas de un camino que, a partir de aquel punto, se adentraba en la montaña. La encontramos por casualidad en plena oscuridad, ya que entramos a preguntar, precisamente para tener alguna referencia, y, dichoso el destino, habíamos ido a parar a su hogar.

Al llamar al cristal de una ventana apareció una mujer mayor, que, por señas, nos dio a entender que debíamos rodear la casa. Nada más entrar, una inmensa biblioteca se presentaba ante nuestros ojos sorprendidos, justo en el recibidor. Y ¡qué biblioteca! Una casa de madera, muy sencillamente decorada, era el hogar de Raimon Panikkar. María, la mujer que nos recibió nos preguntó si veníamos a ver a Raimon. Al confirmárselo, nos dijo que le avisaría, pero que en esos momentos tenía otra visita. Habíamos llegado veinte minutos antes de la hora de la cita. Nos invitó a sentarnos alrededor de la mesa de madera de la biblioteca, mientras esperábamos. En ese momento, iniciamos una interesante conversación sobre el problema que supone la existencia de tantas religiones, cuando el trasfondo de todas ellas es el mismo: el perdón, el amor y la comprensión. “Para qué tantas si lo único que hacen es complicarnos la existencia”, nos decía, “nos ahorraríamos muchos conflictos si nos quedásemos con la esencia…”

Después de un rato, oímos a Raimundo bajar por las escaleras con dos personas más. La emoción de pensar que, en pocos segundos, aparecería por la puerta una eminencia mundial inundó nuestras almas. Aún sin entender bien lo que decía, nuestra atención estaba totalmente puesta en su voz, que se acercaba cada vez más, hasta que, finalmente, apareció en la puerta. Irradiaba energía, alegría, y una sonrisa y vitalidad poco usuales… Esa fue la primera impresión al ver a aquel hombre. Tenía un cabello fino, blanco y largo, y su origen indio se hacía notar en el color moreno de su piel, sin apenas arrugas. Llevaba una camisa blanca, un jersey azul marino y otra camisa clara de hilo por encima, unos pantalones anchos de color beige y un chal de un color parecido, que le vestían con gran elegancia y sencillez.

Mientras se despedía de las dos otras personas, preguntamos a María por qué no se quedaba con nosotros a hablar, pero su respuesta fue: “no, él es el maestro…” Una vez a solas con Raimon, quiso saber en qué idioma hablábamos y quiénes éramos. Tras las breves presentaciones, nos preguntó qué queríamos y por qué habíamos ido. En ese momento se produjo un silencio que parecía que no se terminaba nunca. No sabíamos cómo empezar. Él nos miraba, pero ninguno de nosotros arrancaba, hasta que Pablo, en vista del silencio, pronunció las primeras palabras, hablando por todos. Así fue como iniciamos una interesantísima conversación, que duró un par de horas, y que ha permanecido, resonando en mí, hasta el día de hoy. Una conversación que me ha inspirado en mi búsqueda espiritual, dándome fuerzas para seguir adelante, afrontando las dificultades y obstáculos, y que, a pesar de la oscuridad de ciertos momentos del camino, me ha servido de apoyo para no desfallecer.

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